A veces, casi siempre esas tardes de domingo espesas, el cuerpo te pide ver una película que sabes positivamente que
es mala de solemnidad. Como la que nos ocupa aquí: con malas críticas, malos comentarios de los fans, reputación
de película pésima pensada solo para aprovechar el tirón del mito erótico
adolescente del momento, que encima desaprovecha la oportunidad...
vamos, que lo tiene todo para pasar un rato divertido, con la condición de que no nos pongamos demasiado exigentes. Aquí hemos venido a ver muchos tiros, escotes generosos, y a reírnos de lo mala que es la película en general, y punto.
Barb Wire, la película.
Tras el enorme éxito del Batman de Tim Burton en 1989, Hollywood volvió los ojos al mundo del cómic, viendo un filón de oro pidiendo a gritos ser explotado. El Batman de Burton, además, marcó el patrón por el que debían de ser tratadas las historias de superhéroes a partir de entonces. Lejos de mesianismo del Superman de Richard Donner (1978) o del kitsch a ritmo de Queen del Flash Gordon de Mike Hodges (1980), los superhéroes a partir de ahora debían de ser personajes oscuros, atormentados, y por supuesto, mucho más violentos. Las productoras se lanzaron al mundo del cómic a buscar héroes oscuros que encajasen en ese patrón para llevar a la gran pantalla, mientras paralelamente las editoras de cómic revisitaban viejas series, adaptándolas a esta nueva moda. En 1996, David Hogan tomó a Barb Wire, la expeditiva caza-recompensas protagonista de una serie futurista creada por John Arcudi para la editorial Dark Horse, con la intención de convertirla en el vehículo que catapultase a Pamela Anderson, protagonista de la popular teleserie Los Vigilantes de la Playa, y mito erótico del momento, al estrellato definitivo, con un resultado lamentable.







