A principios de los 90 el cyberpunk ya llevaba casi una década haciéndonos mirar con desconfianza a esa tecnología que, mientras tanto, no paraba de multiplicarse y evolucionar a nuestro alrededor, como si quisiera confirmar las inquietantes profecías de la ciencia ficción. Términos esotéricos, como "inteligencia artificial" o "realidad virtual" comenzaban a pasar del mundo de la fantasía a la vida real. Está última tecnología, que había empezado a desarrollarse a mediados de los 80, poco a poco comenzaba a estar disponible para el gran público. Recuerdo en aquella época un salón de videojuegos, en la céntrica Rambla de Barcelona, que instaló una de las primeras máquinas recreativas basadas en esta tecnología. Imagino que, para servir de reclamo, los propietarios del salón colocaron el equipo de forma que el jugador, equipado con los hoy ya archiconocidos casco y guantes, quedaba situado frente a un ventanal a la vista de los miles de transeúntes que paseaban por la turística arteria, a los cuales el jugador, absorto en su partida, parecía querer disparar con un arma imaginaria desde su posición de francotirador, estampa ciertamente estrafalaria que provocaba la risión de los viandantes, pero que ilustra el hecho de que una tecnología de laboratorio comenzaba a estar disponible para el gran público. En 1992, supuéstamente basada en una historia corta de Stephen King (pero tan remótamente que King demandó a la productora por usar fraudulentamente su nombre) dirigida por Brett Leonard y con Pierce Brosnan de protagonista, se estrena la primera y seguramente también la mas emblemática de las películas inspiradas por esta nueva tecnología: El cortador de césped (The Lawnmower Man).
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viernes, 4 de abril de 2014
viernes, 20 de enero de 2012
Yo vi comenzar la I Guerra Ciberespacial Mundial por culpa de una tontería...
No me voy a hacer el santito, como esos paladines de la cultura oficial, que dicen que no tienen ordenador, que no saben nada de p2p y que nunca se han bajado ni una simple canción de Internet (y que encima pretenden que les creamos). Prefiero decirlo alto y claro: yo también me he bajado cosas de Megaupload. Aunque por pura cuestión de ideología me mantengo fiel a software como eMule y sus clones, que aunque sean mas lentos, llevan mas estrictamente el tema de compartir entre iguales, alguna vez he hecho de leecher y he usado ese u otro servicio similar. Y no me arrepiento lo más mínimo. Pero no es de eso de lo que quiero hablar ahora. Doy por sentado que a estas alturas, cada cual tendrá ya formada su opinión sobre el tema del intercambio de archivos, el copyright, los derechos de autor y demás. Y el que no se la haya formado, lo siento por el, porque el tiempo de las palabras ya ha pasado.
miércoles, 18 de enero de 2012
La ████ censura y la ████ SOPA
Por un Internet l████, no a la c██████!
¿Ha quedado claro?
miércoles, 17 de febrero de 2010
Juegos de Guerra
No te apetece mejor una partidita de ajedrez…?

En 1983 La Guerra Fría estaba en todo su esplendor, y Ronald Reagan, por entonces presidente de los USA, se refería a la hoy desaparecida Unión Soviética como “el Imperio del Mal”. Expresiones como “guerra de las galaxias” se habían hecho populares, y reflejaban una preocupación por el desarrollo experimentado por la tecnología militar. La informática comenzaba a popularizarse gracias a máquinas como los entrañables Spectrum, aunque los ordenadores personales propiamente dichos aun eran una extravagancia exótica, y no acostumbraban a encontrarse en domicilios particulares, si no se trataba del de alguien relacionado profesionalmente con la computación. Internet era todavía un producto de la ciencia-ficción del que se empezaban a sentar las bases científicas. La misma ciencia-ficción, sin embargo, comenzaba a girar sus ojos hacia ese mundo esotérico, explorando las posibilidades que ofrecía. Juegos de guerra fue una de las primeras incursiones del género en el mismo.
Juegos de guerra, dirigida por John Badham, fue probablemente la primera película protagonizada por un hacker, y crearía el estereotipo por el que serían cortados en adelante dichos personajes en el celuloide. La película también bebe de la psicosis nuclear de la época. Matthew Broderick, en uno de sus primeros papeles como protagonista, interpreta a un adolescente tarambana, fanático de las computadoras y los videojuegos, que esta a punto de desencadenar la III Guerra Mundial.

En 1983 La Guerra Fría estaba en todo su esplendor, y Ronald Reagan, por entonces presidente de los USA, se refería a la hoy desaparecida Unión Soviética como “el Imperio del Mal”. Expresiones como “guerra de las galaxias” se habían hecho populares, y reflejaban una preocupación por el desarrollo experimentado por la tecnología militar. La informática comenzaba a popularizarse gracias a máquinas como los entrañables Spectrum, aunque los ordenadores personales propiamente dichos aun eran una extravagancia exótica, y no acostumbraban a encontrarse en domicilios particulares, si no se trataba del de alguien relacionado profesionalmente con la computación. Internet era todavía un producto de la ciencia-ficción del que se empezaban a sentar las bases científicas. La misma ciencia-ficción, sin embargo, comenzaba a girar sus ojos hacia ese mundo esotérico, explorando las posibilidades que ofrecía. Juegos de guerra fue una de las primeras incursiones del género en el mismo.
Juegos de guerra, dirigida por John Badham, fue probablemente la primera película protagonizada por un hacker, y crearía el estereotipo por el que serían cortados en adelante dichos personajes en el celuloide. La película también bebe de la psicosis nuclear de la época. Matthew Broderick, en uno de sus primeros papeles como protagonista, interpreta a un adolescente tarambana, fanático de las computadoras y los videojuegos, que esta a punto de desencadenar la III Guerra Mundial.
martes, 2 de febrero de 2010
La censura que nos trae el futuro

Primero vinieron a por los que se descargaban música y películas de Internet. Y como yo no me descargaba ni música ni películas de Internet, no dije nada.
Luego vinieron a por los que tenían sitios web y blogs con enlaces a descargas. Y como yo no tenía ningun sitio web ni ningun blog con enlaces a descargas, tampoco dije nada.
Luego vinieron a por los que tenían sitios web y blogs en los que se hablaba mal de Ramoncín, Teddy Bautista o la SGAE. Y como yo no hablaba mal de Ramoncín, Teddy Bautista ni la SGAE, tampoco dije nada.
Luego vinieron a por mi. Y entonces ya no quedaba nadie para decir nada.
En primer lugar, que Martin Niemöller me perdone por esta caricatura de sus famosas palabras. Y una vez pedidas las obligadas disculpas, ¿de que va esto? Bueno, si vives en España, como el autor de este blog, la cosa es clara, va de la mal llamada Ley Sinde. Mal llamada porque no es ley, sino un apartado colocado de rondón en otra ley mas amplia, la Ley de Economía Sostenible, cuya intencion teórica, ademas, no es proteger los derechos de propiedad intelectual, sino articular medidas para sacarnos de la crisis. Pero como abrir un debate sobre lo primero expresamente seria impopular, pues probamos así, y si cuela, cuela.
Si vives en cualquier otro país, da igual, pues si tu gobierno no pasó una iniciativa legislativa semejante recientemente, seguramente ya está pensando en hacerlo. A no ser que seas brasileño, claro, porque allí parece que este tema va por otros derroteros, mas acordes con el siglo en que vivimos. Que gran país, dicho sea de paso y a pesar de todos sus defectos y problemas, Brasil. Primero le plantaron cara a las farmacéuticas y lideraron el movimiento a favor de los medicamentos genéricos libres de patentes. El mundo corporativo les trato de piratas, pero ellos perseveraron y acabaron triunfando. Ahora le plantan cara abiertamente a las mafias que pretenden controlar la cultura y su distribución, justo cuando el resto del mundo intenta inútilmente seguir su dictado para proteger un mercado que la tecnología ya ha dejado obsoleto. En fin, al menos algunos se dan cuenta de en que siglo vivimos y actúan en consecuencia. Que si por gente como la Sinde fuera, aun viajaríamos en diligencias y usaríamos luz de gas para alumbrarnos.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, y a la frase de Niemöller, el tema que esta en juego es mas serio que simplemente el acto inocente de bajarse una cancion de Internet escaqueandose de pagar un canon a un par de cantantes pasados de moda que han hecho de esto su único ingreso. Afecta, por el contrario, a nuestras libertades. Al derecho de no ser tratados como delincuentes por usar una tecnología. Luego podemos hablar de si es ético o no el intercambiar archivos sujetos a copyrigth. Personalmente, como aficionado a la cultura underground, cuando recuerdo los tiempos anteriores al P2P, las busquedas infructuosas en mercadillos y tiendas de segunda mano, no puedo mas que decir cosas buenas de eso que algunos llaman, demasiado a la ligera, pirateria. Pero no hablabamos aquí de eso, sino de como algunos nos tratan de colar la censura por la puerta de atras.
Porque de eso trata esta ley, de censura. De que sigamos consumiendo como borregos la cultura que las corporaciones nos empaquetan como moda: el best-seller de moda, el cantante de moda, la película de moda... así habia funcionado siempre, y así seguiria funcionando, si la tecnologia no hubiese puesto una potente herramienta en las manos del consumidor medio, posibilitandole explorar sin esfuerzo otros mercados, otras areas de la cultura. Eso, aparte obviamente de hacer perder mucho dinero a aquellos que cada temporada nos lanzan el producto de moda, asusta. Asusta a quienes quieren que la cultura transite por sendas seguras. Que no quieren que la plebe lea segun que cosas, vea segun que peliculas, escuche a segun que cantantes. Hasta ahora, esa contracultura era solo conocida por la minoria que prestaba atencion a canales minoritarios. Pero la tecnología ha posibilitado que la contracultura empiece a infiltralse sin control (porque otro dia deberiamos hablar de lo que pasa cuando la contracultura es domesticada por las corporaciones) en la corriente cultural mayoritaria. Y eso, no nos engañemos, asusta. Asusta mucho.
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